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...y lo que El Pibe se Olvidó

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“Cuando la ideología es un trámite”

El entusiasmo libertario duró lo que un posteo viral. Hoy quedan contradicciones, silencios incómodos y una gestión que no encuentra cómo encajar el discurso ajeno en la realidad propia.

por Pipo Fisherman                                                                                                                                                                                                                                        28-11-25



Hay un ejercicio casi lúdico —si uno tiene sentido del humor y no le preocupa demasiado el futuro del país— en observar cómo se comportan los gobiernos cuando el viento electoral sopla fuerte. En cuestión de meses, el oficialismo local pasó de cultivar un perfil tecnocrático, gris y moderado, a abrazar con fervor adolescente la ola violeta: fotos, consignas, gestos, bendiciones y guiños a un ideario libertario que, en teoría, rechaza todo lo que ellos venían defendiendo desde hace años. No se trata solo de incoherencias menores; lo que se despliega es una especie de teatro público donde el guion nacional dice una cosa y los actores municipales representan exactamente la contraria.

Para entenderlo mejor, basta repasar algunos ejemplos concretos. Y como toda escena tragicómica necesita escenografía,






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Una declaración que, por sí sola, coloca al país a la derecha de Trump, Bolsonaro y hasta de algún terraplanista tímido.

Acto seguido, la puesta en escena municipal se vuelve aún más deliciosa.







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El Gobierno Nacional sostiene abiertamente que el cambio climático es una construcción ideológica, un complot de "burócratas ambientalistas" para frenar el progreso, o una excusa para imponer regulaciones y arruinar la vida de la gente de bien (esas personas que, al parecer, sueñan con derramar cianuro como quien riega un jazmín). Desde esa convicción casi religiosa, se desmontaron organismos ambientales, se celebró la llegada de megamineras con historial contaminante y se prometió liberar a la naturaleza de su peor enemigo: el Estado.

Mientras tanto, en nuestro queridísimo pago chico, el Municipio sigue —al menos en los papeles— exactamente la línea opuesta: inventarios de emisiones, capacitaciones, participación activa en la RAMCC, planes climáticos locales, ordenanzas “verdes”, plantaciones ejemplares, intercambios con expertos y toda una batería de políticas que serían consideradas puro marxismo ambiental por el propio Milei en sus discursos internacionales.

El contraste es tan grotesco que merece subrayarse:
— A nivel nacional, el Gobierno dice que combatir el cambio climático es una mentira.
— A nivel local, el mismo espacio político se declara líder regional en políticas para combatir el cambio climático.

La pregunta es obvia: ¿cómo se compatibiliza una gestión municipal que impulsa “acciones concretas para reducir los gases de efecto invernadero” con un Presidente que asegura que esas acciones “son falsas”?
Spoiler: no se compatibiliza. A lo sumo, se tolera… siempre y cuando dé votos.



Mientras el presidente Milei recorre los templos financieros del país repitiendo, con tono mesiánico, que “su palabra no se negocia” y que no va a resignar el sacrosanto déficit cero,







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el discurso libertario tiene un pequeño problema cuando baja a tierra firme y aterriza en nuestro pago chico. Porque en Pringles, donde el oficialismo local se disfrazó de violeta para evitar quedar fuera de la ola, la cosa parece bastante menos épica: un mensaje interno —de esos que no deberían circular pero siempre terminan filtrándose— revela que septiembre cerró en rojo, que el aguinaldo peligra, y que desde ahora “los suministros los voy a mirar yo”.



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No estamos frente a una metáfora ni a una exageración literaria: el mismo gobierno municipal que hace apenas unos meses se paseaba anunciando un superávit de 2 mil millones, ahora pide a sus directores que bajen el gasto al mínimo, que no compren ni una lapicera sin autorización, y sugiere —con la sutileza de una topadora— que ni siquiera pueden prometer nada, porque no saben si será aprobado.

Un gobierno que proclama estabilidad financiera, transparencia y previsión, pero que al primer temblor contable entra en modo “apaguen las luces, cierren la puerta y no pidan nada”. El contraste no podría ser más nítido: mientras Milei promete austeridad monástica para el Estado nacional, sus socios locales —que aplauden el discurso libertario como si fuese la tabla de la ley— no logran sostener ni el pago del aguinaldo sin transpirar frío.



La economía es, quizá, el territorio donde las contradicciones entre Nación y Municipio se vuelven más obscenas. Porque mientras el Presidente pide paciencia, asegura que “la mejora en el bolsillo será paulatina” y promete el renacer económico como quien vende productos milagrosos en un infomercial de madrugada, en la ciudad, la única curva que sube sin pausa es la de las tasas municipales. Es curioso: el alivio nacional viene lentamente, pero el ahogo local llega en cuotas sí, pero siempre hacia arriba.







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Y, por si hiciera falta rematar la ironía, aparece el intendente Matzkin anunciando un “fuerte ajuste para Pringles debido a la incertidumbre económica”. El mismo que se subió a la ola violeta como quien toma el último colectivo de la noche ahora asegura que “estamos haciendo todo lo posible para que no se complique el municipio”.
El Gobierno Nacional promete una primavera económica que llegará “de a poquito”, mientras el Gobierno Municipal aplica un invierno perpetuo donde la helada cae siempre del mismo lado: empleados y vecinos. Milei vende paciencia; Matzkin vende resignación. Y juntos, sin coordinarlo pero combinándose a la perfección, logran el milagro económico más evidente de todos: que cada anuncio de ellos termine siendo un gasto para nosotros.



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La obra pública es, tal vez, el lugar donde el discurso libertario alcanza niveles casi místicos. Milei, en modo predicador del mercado total, asegura que “el puente lo podría hacer la gente” y que cada obra financiada por el Estado es, en esencia, un crimen económico: un secuestro de recursos, un atentado contra la libertad, un agujero negro presupuestario que devora el crecimiento. Uno lo escucha y casi espera que anuncie que, a partir de ahora, las rutas se van a construir por suscripción voluntaria, estilo crowfunding del asfalto.



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Al final, queda claro que la ola violeta no llegó hasta acá por convicción ideológica sino por conveniencia electoral. Porque es fácil recitar la catequesis libertaria en campaña; lo difícil es gobernar sin obra pública… y, evidentemente, nadie en el Municipio estuvo dispuesto a tanto sacrificio.

La discusión sobre la pobreza se volvió una especie de truco políticamente incorrecto: cada uno canta números que nadie puede verificar, pero que todos usan para justificar lo que ya pensaban. Milei celebra una baja al 31%, una cifra que —según su propio relato— sería fruto del shock libertario, la motosierra virtuosa y la fe colectiva en “el camino correcto”..



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Y ahí aparece la otra campana: mientras en Buenos Aires imprimen gráficos que parecen creados con inteligencia emocional más que artificial, Matzkin admite sin rodeos algo bastante menos marketinero:


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Un sincericidio inoportuno, si tenemos en cuenta que su espacio político local se subió sin casco a la moto libertaria, al grito de “estamos mejorando”.

Al final, no hacía falta mayor análisis: de un lado, un relato nacional que asegura que la pobreza baja; del otro, un intendente que reconoce que sube. La contradicción es tan frontal que ni siquiera requiere ironía… aunque, admitámoslo, deja servida en bandeja la conclusión de siempre: cuando el discurso va por un carril y la realidad por otro, lo único que queda claro es que alguien está mirando el país desde un PowerPoint.



Cuando uno mira estas contradicciones alineadas —cambio climático que existe o no según el color de la boleta, déficit cero que se derrite como un hielo en la vereda municipal, mejoras “paulatinas” que no llegan ni a velocidad tortuga, obra pública que es pecado mortal allá pero virtud sacramental acá, y pobreza que baja en los discursos pero sube en las ventanillas de Acción Social— entiende que la famosa “ola violeta” no fue un cambio de paradigma, sino un chapuzón electoral oportunista. Un “me subo porque viene fuerte” que ahora deja a los pringleses con un gobierno local tratando de hacer equilibrio entre repetir mantras libertarios y gestionar la realidad… que casualmente se parece más a la realidad que a los mantras.

Al final, todo se resume a un detalle menor: el oficialismo municipal quiso posar de libertario sin pagar el costo de serlo. Que Milei niegue el cambio climático mientras acá se hacen planes verdes; que la Nación jure superávit eterno mientras el municipio ruega que alcance para el aguinaldo; que Buenos Aires festeje pobreza descendente mientras Pringles declara pobreza ascendente… todo encaja a la perfección en un mismo manual: el de decir una cosa, hacer otra, y rezar para que nadie compare las dos columnas.

Pero así es la magia del relato: alcanza con repetirlo fuerte, mirar al horizonte y esperar que el votante no pregunte demasiado. En definitiva, la ola violeta no arrastró ideas ni coherencia: apenas dejó un charquito. Y ya sabemos cómo termina todo charquito en Pringles… con el municipio mandando a comprar cal.





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